Fecha de Realización: entre 31 de Julio y 2 de Agosto. Por Julián Morcillo y Tito Parra Hernández.
Inicio: Pandébano, Sotres a las 3,33 de la mañana del 31 de Julio
Final: Refugio Vega de Urriellu.
Totales: 149 kilómetros. 12100 metros ascenso y 11300 descenso. Aunque la idea era tealizar laactividad sin paradas, cuestiones de seguridad y meteorológicas nos obligaron a realizar dos paradas largas. La división por etapas en la siguiente descripción es meramente por conveniencia.
Todos los tracks de las actividades presentadas se pueden consultar en mi cuenta de Strava. Los archivos gpx están disponibles bajo petición.
El Anillo de Picos es, por derecho propio, la travesía circular de montaña más interesante del norte peninsular. Cientos de personas la realizan cada año y algunas veces se ha realizado a un ritmo verdaderamente asombroso. Pero hasta donde nosotros conocemos ésta era la primera vez que se realizaba una travesía como la que planteamos: complementar la travesía con la ascensión o escalada de las cimas más emblemáticas de los tres macizos: Las tres cimas más altas de cada macizo: Peña Santa, Torre Cerredo y la Morra de Lechugales, a las que sumaríamos algunas otras que nosotros considerábamos imprescindibles: Torre del Friero, Llambrión, Peña Vieja y el Naranjo de Bulnes (Picu Urriellu).



Nuestra Ruta. La ruta parte de Pandébano y realiza el recorrido en el sentido de las agujas del reloj ascendiendo en primer lugar a Torrcerredo. La ruta no terminó en Pandébano, subimos de nuevo al Refugio de Vega de Urriellu para escalar El Picu para dar por concluido nuestro proyecto..
Partimos de Pandébano a las 3.33 de la madrugada del 31 de Julio en dirección al Refugio de Urriellu. Serían poco más de las 5 de la madrugada cuando parábamos junto a sus paredes, aún a oscuras, para tomar algo del alimento que llevábamos con nosotros. Algo antes del amanecer hallábamos la primera de las cimas de nuestro proyecto: Torrecerredo, la cima más alta de los Picos de Europa, de la Cordillera Cantábrica, de Asturias y de León. Destrepamos con cuidado y ya con el Sol luciendo tímidamente nos tomábamos un café con Jorge, el guarda del Refugio de Cabrones



1 Corona El Rasu. 2 y 3. Amanecer en Torrecerredo. 4. Preparándonos para descender por Piedra Bellida. Peña Santa al fondo. 5 y 6. En Vega de Ario. 7. Bajando a los Lagos de Covadonga. 8. Llegando al Jou Santu, ya con material de escalada y ante Peña Santa. 9. Rampas finales de Peña Santa antes de la Llambrialina. 10. Cima de Peña Santa. 11. Rapelando en la Canal Estrecha. 12. La Forcadona. 13 y 14. Atardecer al salir de la Forcadona, sector leonés del Anillo por delante. 15. Preparados para la primera noche en Vega Huerta, ante la Sur de Peña Santa.
En la bajada al Cares decidimos modificar la ruta original del Anillo. No añadía nada a nuestra ruta el llegar hasta Bulnes y tener que afrontar de nuevo toda la ruta del Cares. Sobre todo, teníamos la mente puesta en llegar de día a Peña Santa. Por esta razón, una vez en los Cuetos del Trave decidimos tirarnos de cabeza hasta el fondo del Cares por la hermosa, empinada y poco frecuentada Canal de Piedra Bellida. Esto nos permitió realizar un mínimo trayecto por la Garganta Divina y llegar cuanto antes a la entrada de la Canal de Trea.
Como no habíamos tenido problemas en la bajada por Piedra Bellida la moral era alta y eso propició que en poco más de hora y media alcanzáramos el Refugio de Vega de Ario. Allí tuvimos la suerte de coincidir con nuestro amigo Gilles Desjean. Por supuesto, hicimos caso omiso de la pulsión inicial de acortar el camino a Vegarredonda por la Vega de Aliseda (como todos, habríamos acabado perdidos) y bajamos como mandan los cánones hasta los Lagos de Covadonga para subir por la ruta normal de Vegarredonda. Allí, un bocata de lomo, unas voces de Javi Malo, el guarda, y encontrar a nuestro amigo Tyron Mactley que nos traía el material de seguridad para afrontar el ascenso a Peña Santa: un par de cordinos de 8 mm y 30 metros, casco, arnés y unos mosquetones. Justo antes de salir nos encontramos con Santi Obaya que, precisamente, bajaba de la Santa.
Y hasta allí que nos subimos, con el ánimo un poco encogido al llegar al Jou Santu y contemplar la magnífica faz de esta gran montaña. Y un poco también por el cansancio ya acumulado, que pudimos refrescar en la Fuente de las Balas.
La ascensión a Peña Santa por la Canal Estrecha no tiene gran problema pero tampoco es para cojos ni aprensivos. Pérdida, la canal, tampoco tiene y si unos cuantos pasos de III grado algo expuestos y rapelables a la bajada. Una vez fuera de la canal la cosa cambia. Si conoces el camino: coser y cantar (y trepar). Si no lo conoces, como era nuestro caso, rastrear las marcas amarillas y navegar por las cotas superiores de esta montaña con el atardecer pisándote los talones no es tarea fácil. Serían las 19 horas cuando hicimos cima y nos quedaba todo el descenso. Montamos unos cuantos rápeles (alguno nos lo saltamos por aquello de las prisas vespertinas) y llegamos a la base de la montaña. Cuando alcanzamos el final del nevero de la Forcadona el Sol ya se había puesto. Así que el descenso, largo, larguísmo, eterno, hasta el Refugio de Vegabaño lo hicimos completamente a oscuras.
A Vegabaño llegamos pasadas las 12 de la noche. Hacía bastante frío, agudizado por una gran humedad. Nos sorprendió encontrar las luces encendidas a esas horas y algo de actividad. La chica del refugio nos trató como a dos perros (y eso que habíamos llamado antes) y no nos permitió entrar, ni siquiera para calentarnos un poco. Nos sirvió dos cocacolas con un desprecio infinito, nos dio con la puerta en las narices y apagó las luces. Está claro que los corredores no gustan mucho por aquí. Llevábamos ya casi 24 horas de actividad de mucho nivel, estábamos cansados y no nos quedaba más remedio que descansar un poco. Así que nos pegamos espalda contra espalda sobre una banqueta e intentamos dormir algo. Pero el frío era tan intenso que si seguíamos parados allí se acababa la historia. Así que de nuevo en marcha.
Sobre las cuatro de la mañana llegábamos a Soto de Valdeón. Estábamos muertos y yo fantaseaba con encontrar un cajero para echarme una hora a dormir. Un cajero… ¿en Soto de Valdeón?… va a ser que no. Y tampoco en Posada o en Santa Marina. En esas estábamos cuando doblando una esquina nos topamos con la cálida luz de un bar abierto. Nosotros mudos de asombro. Los del bar, mudos también porque al ver las linternas pensaban que venía la policía a cerrar (no se permitía abrir más allá de las 2, recordemos que estábamos en los tiempos iniciales del posconfinamiento)
Uno de ellos nos reconoció. Habíamos salido en la tele el día anterior. Inmediatamente un nutrido grupo de mozos de mirada enturbiada y algo perdida a causa del alcohol nos danzaba alrededor. Nos ofrecieron un cubata. Nosotros, que mejor un cafetito. Nos dieron café, madalenas, calor… Fue uno de los momentos más tiernos, divertidos y absurdos que recuerdo en estas aventuras. Sin duda nos salvaron. Incluso nos permitieron dejar allí todo el material pesado que arrastrábamos desde Peña Santa.
Unos cuarenta minutos después volvíamos al frío inmisericorde y a aquella humedad que se nos metía hasta el tuétano. Llegamos bien hasta Santa Marina de Valdeón, desde donde iniciábamos la subida a la Torre del Friero. La subida hasta la Horcada de Chavida es larga. Un calvario incluso a la luz del día. Perdimos varias veces el camino y nos llevamos varias matojadas bastante serias. Pero poco a poco, a medida que ascendíamos, la humedad iba a menos y la luz a más. Recibimos al Sol en la Horcada de Chavida, junto a la sección final de trepadas a la Torre del Friero. Después de la noche de perros que habíamos pasado aquel Sol… no hay nada más estimulante y vigorizante como los primeros rayos de luz después de una larga y difícil noche. Es como volver a empezar. Aunque realmente estábamos completamente destruidos. Alcanzamos la cumbre algo temblorosos por las trepadas, acordándonos del casco que habíamos dejado en Soto. Y es que, aun siendo fácil, no deja de impresionar esta montaña, sobre todo cuando atraviesas la salida de la Canal Estrecha, esa gigantesca grieta que recorre la cara norte de esta montaña.



1. Frío amanecer sobre Valdeón. 2 y 3. Desde la Cima de la Torre del Friero. 4. En la cima del Llambrión. 5. Hoyo Trasllambrión, camino de Cabaña Verónica. 6. Peña Vieja desde la salida de la Canalona. 7 y 8. Cima de Peña Vieja y vistas. Poco después nos sumergíamos en la densa niebla y en la lluvia que en aquellos momentos inundaban Áliva.
El júbilo nos duró poco. Porque la bajada de la Chavida en dirección a Collado Jermoso es un caos. Y la subida al refugio, otro caos y todo menos fácil cuando llevas 30 horas sin dormir. Todo lo contrario que en Vegabaño, en Collado Jermoso nos recibieron con los brazos abiertos e incluso habían montado dos pequeñas tiendas fuera del refugio para que pudiéramos descasar. Porque el Llambrión, que venía después, tampoco lo regalan. Comimos como dos orcos y dormimos una hora. Y en marcha.
El Llambrión es otra montaña impresionante. La subida por las marcas amarillas es subestimada por muchos. Es una trepada continua que, siendo fácil, no te permite fallar. Llegué a la cima con la ilusión de una primera vez y con la esperanza de que todo saldría bien. Las dificultades no acaban en la cima. Desde allí hasta el Tiro Callejo tienes algún paso de III y varios fáciles pero de gran exposición. Puro terreno Picos. Bajamos, ya más fácil, al Hoyo Trasllambrión y, por la Collada Blanca y terreno muy caótico, alcanzamos el Refugio de Cabaña Verónica. Dos cervezas revitalizantes y a correr.
En un suspiro estábamos en la base de La Canalona subiendo a Peña Vieja. Lo que encontramos allí: una de las vistas más memorables que recuerdo de los Picos de Europa, con Urriellu, Cerredo, flotando como fantasma entres cendales de nubes. Bien. Por el contrario, al otro lado, hacia Liébana y la dirección que llevábamos, todo era un infinito mar de nubes que lamía la misma cumbre de Peña Vieja. Nada se veía. Tampoco asomaba la Morra. Nos tiramos a muerte hacia el descenso, que íbamos a hacer por la Canal del Vidrio. Antes de alcanzarla ya estábamos calados hasta los huesos. Al meternos de cabeza en ese mar de nubes todo se transformó. Se acabó la luz y, en su lugar una fina pero persistente lluvia nos acompañó hasta el chalet-refugio de Áliva.
Se puso el sol (o eso suponemos, porque no lo vimos), se hizo de noche. Llovía. Estábamos cansados y famélicos. Teníamos por delante una noche de lluvia e incertidumbre por un terreno, la Canal del Jierru, que no conocíamos. Estaba claro que lo más seguro era parar. Y eso hicimos.
Parar en Áliva nos destrozó el plan. Incluso sopesamos retirarnos allí. Cenamos bien. Nos fuimos a dormir un rato y antes del amancer ya estábamos en marcha de nuevo. La misma niebla y la misma lluvia fina que el día anterior. Corrimos todo lo que pudimos cuesta abajo por la Llomba del Toro, acompañando al Río Duje en su camino a Sotres. Antes de llegar a las Vegas de Sotres nos desviamos por el Canalón del Jierru, otra de esas infinitas canales del Picos. Fue un sufimiento alcanzar la Horcada del Jierru entre lluvia. Desde allí el camino juguetea por la cresta, húmedo, resbaladizo, y expuesto a ratos. Nos miramos y asentimos sabiendo que parar fue una decisión acertada. En nuestro estado de cansancio, y a oscuras, este terreno hubiera sido un suicidio. Poco a poco nos vamos acercando a la Morra y el inconfundible mazacote de su cumbre. Trepamos aferrándonos a la sirga que protege los pasos finales y hollamos la cima. Flotamos entre niebla pero, a ratos, durante segundos, alguna pequeña ventana se abre.



1 y 2. En el Canalón del Jierru y 3. Cresteando desde la Horcada del Jierru. 4. Trepada final a la Morra de Lechugales. 5 y 6. Morra de Lechugales. 7. Cresteando hacia la Pica del Jierru. 8. Casetón de Andara. 9. Bajando a Sotres. 10–12. Subiendo hacia El Picu. 13. Cima del Picu Urriellu.
Continúan las trepadas en dirección a la Pica del Jierru, a la que no llegamos para contornear el Hoyo del Evangelista. Se hace la luz al cercarnos a la Rasa de la Inagotable y bajamos por los carretiles mineros de la zona de Andara. Al poco tiempo estamos en el Casetón de Andara, donde comemos algo y bebemos, y recuperamos el itinerario del Anillo.
Descendemos ahora a buen paso por el carretil de Andara y nos desviamos al collado de Fuente Soles para bajar hasta Sotres. Allí nos esperan unas cervezas en el mítico bar casa Cipriano antes de seguir descendiendo y acometer la subida hasta Pandébano. Nos abrazamos. Hemos cerrado el círculo. Pero aún queda el reto más importante de este proyecto. Alcanzar la cima del Picu.
Nos azotamos hasta la muerte para llegar a tiempo a vega de Urriellu. Pero no bastó el esfuerzo. Se nos hacía tarde. Me niego a escalar con linterna. Estamos pagando ahora con creces el precio de haber parado previamente en Áliva. Pero no queremos matarnos.
Nos vamos a decansar. Al día siguiente somos los primeros en levantar. Preparamos el material y salimos de noche hacia la montaña. Al llegar al collado de la Celada contemplamos el rojo del amanecer en las paredes del Picu. Hace frío y tiemblo entre nervios y emoción. Nos ponemos manos a la obra. Tito se encarga de abrir las hostilidades. No acertamos a meternos en el primer largo de la Sur (leemos que es algo a la izquierda de la vertical del nicho de la primera reunión). Tito se coloca justo debajo y nos metemos en una placa bastante parca en agarres en sus primeros metros. Llego sudando a la reunión. El resto es un paseo hasta la cima. Antes de que la siguiente cordada llegue a la primera reunión, ya estamos abajo.
Lo hemos logrado. Han sido 150 kilómetros y casi 13000 metros de ascenso. Y no precisamente de terreno corrible. Nadie, hasta la fecha, ha realizado una travesía similar a ésta. Ni siquiera Manuel Merillas… eso sí, cuando lo haga probablemente lo hará en tiempo ridículo. Pero eso será otra historia que deberá contar otro. En otro momento.
Cuéntanos lo que necesites sobre el viaje: fechas, nivel de dificultad, alojamiento o cualquier detalle que quieras aclarar. Te leemos aquí mismo.